
<<-Dime, amor mío, susúrrame al oído una vez más, cómo me encontraste, aquella noche. No puedo ya evocar en sueños el día que con la muerte me devolviste a la vida, el día que viste en mí la pureza sangrar, llenando los caudales de los ríos de la humillación y la soledad, cuéntame la historia de cómo me obsequiaste con el don de olvidar. Quisiera saber yo, la razón de esta loca pasión, quisiera saber yo que pasó aquella noche… ¿Por qué te oigo cada luna llena llorar?...Dame una respuesta…¡¡¡Silencio!!!... No quiero saber que me has dejado de amar.
-Lloro por temor…temor a perderte. Por temor a perder lo único que me hace sentir humano después de diez siglos de continua muerte, al fin has llegado, y temo dejarte ir.
-Si no le matas me perderás. Tarde o temprano él te encontrará y te matará. Él, el vanidoso dios, perfecto y hermoso, ese dios que controlaba mi vida, que me sometía al tormento diario de su compañía; el caprichoso dios Zafiro. Aún le veo en sueños, veo como crece su ira, veo en su mirada el desafiante brillo del deseo de venganza,…veo como te da muerte. Oh amado Artemis, no lo permitas, no dejes que me lleve a su lado otra vez, no dejes que vea cómo la plata se desliza sobre tu cuello cubriendo de rubíes tu piel…
-No temas, si estás junto a mí, nada puede pasarme.
[...] >>
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