
[...] Y fue en ese mismo instante, cuando volvió sobre sus pasos para buscar un documento que había olvidado dentro de la sala y les vio. Pudo verla a ella, arrinconada contra la pared y ver el cuerpo de la bestia presionándola, agarrándola fuertemente por la cintura y por la muñeca derecha, saciando su sed en el cuello de la joven. Sintió un sudor frío al ver que los ojos de la muchacha reflejaban dolor y pedían auxilio, ayuda, al no conocer los limites de aquel hermoso ser que le estaba robando la vida. Sin poder reaccionar se quedó petrificado, no sabía qué hacer, pero su preocupación se esfumó cuando vio esbozar una sonrisa en los labios palpitantes de la joven y en esos ojos que se podía leer el miedo ahora se veía placer, un placer que aquellos besos penetrantes le otorgaban, el placer de saber que, a pesar de estar muriendo, pronto renacería al probar el sabor de la sangre, tan pura y tan ardiente como sólo los vampiros pueden tener. […]
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