
Mijaíl, al igual que el frío, llegó con el invierno. No logro recordar el día exacto, la hora o el lugar donde nos conocimos. Ni siquiera soy capaz de recordar lo que sentía antes del momento exacto en que se encontraron nuestras miradas. Sólo recuerdo la paz que me invadió de súbito mientras contemplaba el mar en sus ojos.
Sentí el impulso irrefrenable de abrazarle, de tocar su piel, pálida, de embriagarme con el olor de sus cabellos negros. El tiempo se había parado. Sonreía, él sonreía. Me fui acercando, despacio. Tenía miedo de que, si me precipitaba, desparecería; como si fuera un espejismo, una ilusión.
Al fin le tuve cerca, tan cerca que podía oler el aroma de su piel. Sin decir palabra acarició mi cara, su tacto era frío, pero agradable. Pronunció mi nombre con su acento ruso y me dijo que llevaba toda su vida buscándome. Sonreí. Cogí su mano y le pedí que me llevara a casa. Él prometió darme una vida nueva . Y empezó a nevar, la señal de que nuestro amor había comenzado, la promesa de que jamás nos separaríamos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario