Regulus era un rey sin castillo ni reina. Dueño de su locura y condenado a vivir en soledad, dedicaba a su piano, su único amigo, todo su tiempo. Vivía en una preciosa casa con paredes de cristal, a orillas de un río, en medio del campo. Adoraba ver la lluvia caer desde la comodidad de su sofá, en la calidez. Regulus no dormía, no podía. Jamás pudo. En lugar de ello se dedicaba a dar largos paseos nocturnos por el campo, sintiéndose libre cuando el viento agitaba su larga melena.
No buscaba el amor porque pensaba que éste le huía y se burlaba de él. Había rechazado a toda mujer que le había amado, las consideraba vulgares, vacías, carentes de alma. Nunca tuvo nada. No tuvo un castillo con grandes salones donde celebrar lujosos bailes, ni reina, ni sirvientes, ni nada que se pueda asociar con un rey. Nadie supo nada de su infancia y el lugar donde nació. Tampoco se le vio entre la multitud o en los pueblos más cercanos a su hogar. Sólo pudieron observar su andar el día de su llegada, y sin él decir palabra, todos supieron que se trataba de un rey, el más noble de todos.

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