martes, 10 de mayo de 2011

Días sin fin.

Ella baila, y él la mira, la ama en silencio, desea su piel. Él la mira, y ella baila, baila soñando que él baila junto a ella, baila y piensa en el roce de sus manos en su espalda. Ella baila ballet, al ritmo de las notas del piano que él toca. Sus pasos son perfectos, delicados. Para, respira y lo mira. Baja la mirada, él sonríe. Sólo es una tarde, como todas las demás. Otro día que pasa y ellos siguen sin consumar su amor. Ella se resiste. O, por lo menos, es lo que todo ser que los observase puediese llegar a pensar. Pueden pensar que no se aman, que jamás han cruzado palabra. Nadie pensaría jamás que pasan las tardes de lluvia abrazados, acogidos en el calor del hogar. No se atreven a pensar que sus destinos llevan unidos desde el día en que se conocieron. Pueden pensar que él nunca iría a verla a su casa, todas las noches, de madrugada, y la amase hasta el amanecer. Ni siquiera los que observan desde el cielo los han visto jamás.

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