El día más cálido del otoño fue el más doloroso. Fue el día de tu partida. A ciegas, te levantaste de la cama para dirigirte hacia la puerta y marcharte. No fuiste capaz de esperar a los primeros rayos del alba porque no soportabas ver cómo te ibas sin mí. Roto por el dolor escribiste lo más parecido a una despedida en un papel, lo dejaste en mi mesa y saliste por la puerta de atrás. Me desperté, bajé corriendo las escaleras ansiando encontrarte, deseando con todas mis fuerzas que no te hubieses levantado, convenciéndome a mí misma de que estarías en el comedor, o en el patio... Pero no, te habías ido.
Y mi mundo se congeló. Mi cabeza se vació de recuerdos, ahora mi corazón me pesa en el pecho y mi mirada ha quedado perdida en el mar para siempre. Te fuiste porque éste no es tu lugar, porque a pesar de vivir conmigo durante siete años sabías que nunca estarías aquí siempre. Y yo seguiré esperándote, en esta casa ahora vacía y fría, sin ti. Esperaré lo que haga falta para que vuelvas a buscarme, porque así lo decía tu nota. Y cuando llegues estaré preparada para irme contigo. Ese otoño no lo estaba, por eso marchaste solo, sin decir adiós. Seguiré encontrandote en sueños hasta el día de tu regreso y seguiré mirando al mar todos los días. Te esperaré, como me pediste, aquel día de otoño.

No hay comentarios:
Publicar un comentario