miércoles, 29 de febrero de 2012

Sesenta y un días.

Puedes irte. Marchar realmente lejos. Puedes dormir con toda mujer que caiga bajo tus encantos. Puedes derrochar todo tu dinero, todo tu tiempo, vivir en el libertinaje, tal como has hecho a lo largo de estos años. Puedes dejarme aquí, abandonada. Puedes vivir tu vida sin tenerme en cuenta. Puedes engañar, chantajear, extorsionar. Puedes ser realmente retorcido. Puedes derramar lágrimas y toda tu ira en soledad, maldecir mi persona y mis intentos de huir de ti. Puedes reír y llorar de placer. Puedes amar o amarme a mí de la misma manera que puedes odiar u odiarme a mí. Puedes ser realmente tierno. Puedes ser un diablo. Puedes enseñar al mundo la simpatía que guardas detrás de tu singular sonrisa. Puedes ser feliz en otros brazos. Puedes caer tan bajo que no seas capaz de levantarte. Puedes ser odiado por todos o amado por muchos. Puedes olvidarte de mí. Puedes tejer telarañas con mentiras para seducir a cien mujeres. Puedes seducirme a mí con toda la verdad que guardan tus ojos. Puedes cortar las venas que te mantienen vivo. Puedes mentirme. Puedes hacerme daño. Puedes hacerme reír. Puedes hacerme mil promesas que jamás cumplirás. Puedes pedírmelo todo sin darme nada. Puedes hacer todo esto y más.

No me importa.


Yo siempre aferraré tu mano cada vez que decidas volver. No estoy diciendo que mi corazón te pertenezca. No estoy poniendo mi alma a tus pies. Sólo digo que eres mi familia. La única familia que me queda.

martes, 15 de noviembre de 2011

Allende los mares.

Esta lucha no la libro sola. Tal vez no pueda ver tus perfectos ojos a mi lado, no pueda sentir tus manos frías en mi espalda o escuchar tu respiración antes de dormir. Pero nunca olvidaré todo el tiempo que pasamos juntos. Me has hecho ver mundos que no cabían en mi imaginación, me has hecho estremecer bajo sentimientos tan reales y fuertes que más de una vez perdí el equilibrio. Cogiste mis manos entre las tuyas y me guiaste por un camino ligado estrechamente a ese amor tan dulce y salvaje que das. Me elegiste a mí para hacerme bailar bajo la luna, riendo sin parar, llevando las manos al cielo, sintiéndome libre.

Me enseñaste a escuchar las voces que viajan con el viento, me despertabas a medianoche para leer las estrellas y besabas mis mejillas al amanecer. Me susurrabas al oído la manera correcta de actuar a cada instante, como un maestro enseña a su alumno a usar una espada, tú me enseñaste a usar el silencio, porque, a veces, un silencio causa más daño que un filo de metal arrancándote el alma. Siempre estuviste a mi lado, siempre fuiste mi compñero. Libramos juntos millares de batallas y a pesar de las heridas seguíamos adelante, nunca me dejaste caer, siempre aferraste mi mano con todas tus fuerzas. Y cuando yo intenté soltarte, me tendiste tu otra mano sin pensártelo, dándome cuenta yo de mi error. Siempre supe que algún día te marcharías y que yo acabaría olvidándote. Y lo has hecho, te has ido, pero sé que, aunque sea en la distancia, sigues luchando junto a mí.

Porque me lo diste todo, sin apenas darte cuenta de que lo hacías.

                                                                                  .
                                                                                  .

jueves, 6 de octubre de 2011

Cuando el cielo se vuelve de color rojo.

Estaba allí, pensando qué hacer, las cosas no iban bien, pero tampoco iban mal. Sentía cómo mi corazón latía fuertemente de alegría y  diez segundos después sentía como éste se ahogaba en el dolor. Estaba desequilibrada. Él, mi última compañía, mi última relación, me había dejado en un estado de inestabilidad, desastroso. Tuve un momento de paz, no sentía nada. Pero esa paz no duraría mucho. Noté una presencia, algo familiar, subí mi mirada y pude ver unas sombras recortándose en el camino que conducía hasta la playa, donde yo esperaba alguna respuesta. La tenue luz de la luna no era suficiente y no podía distinguir bien quiénes eran aquellas personas, hasta que vi que uno, el más alto,  sonreía. Y mi mundo se paró. Aquella sonrisa. Esa sonrisa malévola que nunca me dejaría  descansar. Ezequiel.

Tuve ganas de salir corriendo, huir. Pero no pude hacerlo. Ezequiel tenía algo para mí, algo a lo que yo no podía renunciar. Mijaíl.

Horrorizada vi cómo otros dos hombres lo arrastraban y el pelo, aquel hermoso pelo azul cubría el rostro de mi amor. Le dejaron de rodillas en el suelo y le inmovilizaron. El viento se encargó de apartar el pelo de su cara y vi que estaba amordazado. Sus ojos, los perfectos ojos de Mijaíl, miraban al vacío, como si estuviera hipnotizado.

- Tenemos mucho de qué hablar - dijo Ezequiel mientras apretaba con fuerza el filo de una daga y su sangre cubría la hoja de plata. 
Acto seguido abrió la mano y de su palma no dejaba de brotar sangre. Llevó la herida a su boca para teñir sus labios con aquella sangre maldita. Se abalanzó sobre mí y me apretó la cara con su mano ensangrentada, podía sentir su herida en mi barbilla, y su sangre bajando por mi cuello; podía sentir cómo me quemaba, su sangre hervía como ríos del averno.

-  ¿Acaso no vas a saludarme? ¿O es que tengo que recordarte que gracias a mí tu vida no se ha acabado? ¿Has olvidado que gracias a mí ya no estás sola?

Desde ese momento no logro recordar nada, desperté en esa misma playa, con un horrible vacío en el pecho y una herida ya cicatrizada. Ezequiel me había arrancado el corazón, así nunca podría amar, sentir compasión o empatía. Así nunca nadie se acercaría a mí. Así algún día, desesperada, le suplicaría que se llevara mi alma.

lunes, 29 de agosto de 2011

Una promesa de amor.

El día más cálido del otoño fue el más doloroso. Fue el día de tu partida. A ciegas, te levantaste de la cama para dirigirte hacia la puerta y marcharte. No fuiste capaz de esperar a los primeros rayos del alba porque no soportabas ver cómo te ibas sin mí. Roto por el dolor escribiste lo más parecido a una despedida en un papel, lo dejaste en mi mesa y saliste por la puerta de atrás. Me desperté, bajé corriendo las escaleras ansiando encontrarte, deseando con todas mis fuerzas que no te hubieses levantado, convenciéndome a mí misma de que estarías en el comedor, o en el patio... Pero no, te habías ido.

Y mi mundo se congeló. Mi cabeza se vació de recuerdos, ahora mi corazón me pesa en el pecho y mi mirada ha quedado perdida en el mar para siempre. Te fuiste porque éste no es tu lugar, porque a pesar de vivir conmigo durante siete años sabías que nunca estarías aquí siempre. Y yo seguiré esperándote, en esta casa ahora vacía y fría, sin ti. Esperaré lo que haga falta para que vuelvas a buscarme, porque así lo decía tu nota. Y cuando llegues estaré preparada para irme contigo. Ese otoño no lo estaba, por eso marchaste solo, sin decir adiós. Seguiré encontrandote en sueños hasta el día de tu regreso y seguiré mirando al mar todos los días. Te esperaré, como me pediste, aquel día de otoño.



martes, 10 de mayo de 2011

Días sin fin.

Ella baila, y él la mira, la ama en silencio, desea su piel. Él la mira, y ella baila, baila soñando que él baila junto a ella, baila y piensa en el roce de sus manos en su espalda. Ella baila ballet, al ritmo de las notas del piano que él toca. Sus pasos son perfectos, delicados. Para, respira y lo mira. Baja la mirada, él sonríe. Sólo es una tarde, como todas las demás. Otro día que pasa y ellos siguen sin consumar su amor. Ella se resiste. O, por lo menos, es lo que todo ser que los observase puediese llegar a pensar. Pueden pensar que no se aman, que jamás han cruzado palabra. Nadie pensaría jamás que pasan las tardes de lluvia abrazados, acogidos en el calor del hogar. No se atreven a pensar que sus destinos llevan unidos desde el día en que se conocieron. Pueden pensar que él nunca iría a verla a su casa, todas las noches, de madrugada, y la amase hasta el amanecer. Ni siquiera los que observan desde el cielo los han visto jamás.

domingo, 8 de mayo de 2011

Mi mejor amigo.

Regulus era un rey sin castillo ni reina. Dueño de su locura y condenado a vivir en soledad, dedicaba a su piano, su único amigo, todo su tiempo. Vivía en una preciosa casa con paredes de cristal, a orillas de un río, en medio del campo. Adoraba ver la lluvia caer desde la comodidad de su sofá, en la calidez. Regulus no dormía, no podía. Jamás pudo. En lugar de ello se dedicaba a dar largos paseos nocturnos por el campo, sintiéndose libre cuando el viento agitaba su larga melena.


No buscaba el amor porque pensaba que éste le huía y se burlaba de él. Había rechazado a toda mujer que le había amado, las consideraba vulgares, vacías, carentes de alma. Nunca tuvo nada. No tuvo un castillo con grandes salones donde celebrar lujosos bailes, ni reina, ni sirvientes, ni nada que se pueda asociar con un rey. Nadie supo nada de su infancia y el lugar donde nació. Tampoco se le vio entre la multitud o en los pueblos más cercanos a su hogar. Sólo pudieron observar su andar el día de su llegada, y sin él decir palabra, todos supieron que se trataba de un rey, el más noble de todos.

viernes, 8 de octubre de 2010

El deseo de Miguel.


Mijaíl, al igual que el frío, llegó con el invierno. No logro recordar el día exacto, la hora o el lugar donde nos conocimos. Ni siquiera soy capaz de recordar lo que sentía antes del momento exacto en que se encontraron nuestras miradas. Sólo recuerdo la paz que me invadió de súbito mientras contemplaba el mar en sus ojos.
Sentí el impulso irrefrenable de abrazarle, de tocar su piel, pálida, de embriagarme con el olor de sus cabellos negros. El tiempo se había parado. Sonreía, él sonreía. Me fui acercando, despacio. Tenía miedo de que, si me precipitaba, desparecería; como si fuera un espejismo, una ilusión.
Al fin le tuve cerca, tan cerca que podía oler el aroma de su piel. Sin decir palabra acarició mi cara, su tacto era frío, pero agradable. Pronunció mi nombre con su acento ruso y me dijo que llevaba toda su vida buscándome. Sonreí. Cogí su mano y le pedí que me llevara a casa. Él prometió darme una vida nueva . Y empezó a nevar, la señal de que nuestro amor había comenzado, la promesa de que jamás nos separaríamos.

jueves, 7 de octubre de 2010

Querida Clarice:



Yo sé que te gusta el azul casi tanto como respirar. Que te detienes todos los días a observar el mar, imaginas, creas en tu cabeza fantasías teñidas de amor puro.
Yo sé que sonríes las noches que el viento te acaricia la cara y juega con tu pelo, que te gusta mirar al cielo tantas veces como parpadeas al día y que no hay nada que te haga sentir mejor que un día lleno de luz.
Yo sé que tienes un lunar cerca del oído y que tu ojo derecho no quería ser igual, que no dejas que nadie te rompa los sueños e ilusiones, que por muy mal que estén las cosas tus ojos siempre brillarán y que siempre piensas en positivo.
Yo sé que te fijas en todos los pequeños detalles y que te gusta reír sola,que te gusta mirarte al espejo cuando no llevas maquillaje, que te gustan las canciones sin voz, el café frio, las noches azules.
Yo sé que te gustan las canciones con guitarras y notas simples, los pianos verticales, las casas acogedoras con luz y los días de lluvia. Que prefieres vivir mil inviernos antes que un verano, que no quieres mirar al pasado. Yo sé que vives llena de viejas heridas, que piensas que es bueno esperar, que todo llega. Yo sé miles de detalles pequeños de ti, que prefieres los encajes blancos, las cintas en el pelo, los vestidos sin escote. Yo sé que tienes miedo al olvido, pero eres fuerte...Yo sé que nunca dejaré que te olvides de quién eres.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El beso de la muerte.


[...] Y fue en ese mismo instante, cuando volvió sobre sus pasos para buscar un documento que había olvidado dentro de la sala y les vio. Pudo verla a ella, arrinconada contra la pared y ver el cuerpo de la bestia presionándola, agarrándola fuertemente por la cintura y por la muñeca derecha, saciando su sed en el cuello de la joven. Sintió un sudor frío al ver que los ojos de la muchacha reflejaban dolor y pedían auxilio, ayuda, al no conocer los limites de aquel hermoso ser que le estaba robando la vida. Sin poder reaccionar se quedó petrificado, no sabía qué hacer, pero su preocupación se esfumó cuando vio esbozar una sonrisa en los labios palpitantes de la joven y en esos ojos que se podía leer el miedo ahora se veía placer, un placer que aquellos besos penetrantes le otorgaban, el placer de saber que, a pesar de estar muriendo, pronto renacería al probar el sabor de la sangre, tan pura y tan ardiente como sólo los vampiros pueden tener. […]

martes, 1 de diciembre de 2009

Deseos de medianoche.


<<-Dime, amor mío, susúrrame al oído una vez más, cómo me encontraste, aquella noche. No puedo ya evocar en sueños el día que con la muerte me devolviste a la vida, el día que viste en mí la pureza sangrar, llenando los caudales de los ríos de la humillación y la soledad, cuéntame la historia de cómo me obsequiaste con el don de olvidar. Quisiera saber yo, la razón de esta loca pasión, quisiera saber yo que pasó aquella noche… ¿Por qué te oigo cada luna llena llorar?...Dame una respuesta…¡¡¡Silencio!!!... No quiero saber que me has dejado de amar.



-Lloro por temor…temor a perderte. Por temor a perder lo único que me hace sentir humano después de diez siglos de continua muerte, al fin has llegado, y temo dejarte ir.


-Si no le matas me perderás. Tarde o temprano él te encontrará y te matará. Él, el vanidoso dios, perfecto y hermoso, ese dios que controlaba mi vida, que me sometía al tormento diario de su compañía; el caprichoso dios Zafiro. Aún le veo en sueños, veo como crece su ira, veo en su mirada el desafiante brillo del deseo de venganza,…veo como te da muerte. Oh amado Artemis, no lo permitas, no dejes que me lleve a su lado otra vez, no dejes que vea cómo la plata se desliza sobre tu cuello cubriendo de rubíes tu piel…


-No temas, si estás junto a mí, nada puede pasarme.


[...] >>